02.16.09
Posted in General at 8:45 por Frau F
Voy a casarme de nuevo; no con otra persona, sino de nuevo con mi marido. Vamos a repetir la ceremonia para que puedan ir las personas que faltaron a la primera, entre ellas mi mamá.
Ítem por ítem, voy organizando todo de nuevo: vestido, peinado, iglesia, flores, fiesta, etc. Tengo muy poco tiempo para tener todo listo porque el nuevo matrimonio será mañana.
Al ir organizando este nuevo matrimonio, voy recordando el anterior.
Al elegir un nuevo vestido, recuerdo mi primer vestido y recuerdo lo mucho que me gustó, lo linda que me sentía; al elegir un nuevo peinado, recuerdo mi primer peinado y lo bien que me veía con él… y así con todo, la iglesia, las flores, los invitados. Todo lo recuerdo de manera idealizada, como perfecto, como maravilloso.
De alguna manera, no había reflexionado sobre lo lindo que fue ese día, sobre lo feliz que estoy ahora, y al decidir repetirlo, tomo conciencia de lo vivido y lo valoro más.
Al organizar de nuevo mi matrimonio, todo me parece sencillo; decido en un segundo cuál será mi nuevo vestido y mi nuevo peinado, en qué iglesia voy a casarme, las flores con que voy a adornarla, dónde será la fiesta y qué cura me va a casar. Nada me complica, todo fluye, todo sale fácil.
Recuerdo lo lindo, lo bueno y lo positivo de mi matrimonio; las complicaciones, las penas y las dudas desaparecen.
Llega la noche y tengo todo preparado para mañana; soy la novia más tranquila del mundo.
Tengo una lista de pendientes y la chequeo con mi mamá; todo está listo para mi “segundo gran día” y me voy a dormir relajada.
La siguiente escena es en la iglesia, voy caminando sola hacia el altar y mi marido me está esperando. Nos miramos y sonreímos, y vuelvo a sentir la emoción de ese momento. El ambiente es mágico, todo iluminado con velas y lleno de flores blancas.
Todo es distinto de la primera vez, el lugar, la gente, el cura y cómo me veo, pero una cosa no cambia: mi marido. Está parado en el altar, esperándome con cara de emocionado, un poco tieso, tal como él es, mirándome maravillado. Yo también lo miro emocionada; sé que me estoy casando de nuevo con él y me encanta.
Me siento abrumadoramente feliz, exageradamente feliz.
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02.12.09
Posted in General at 7:51 por Frau F
Es media mañana de un día de verano. Estoy en Algarrobo, en el bosque que lleva a la playa El Canelillo.
Voy caminando con mi tía y algunos de mis primos hacia la playa; yo llevo en brazos una guagua, una niñita de unos tres meses (tengo la sensación de haber soñado antes con esta guagua).
Al acercarnos a la playa nos damos cuenta que la marea está muy alta, tan alta, que no queda arena; el agua llega hasta donde termina el bosque. Nosotros estamos parados en un caminito de madera; este caminito rodea toda la costa.
De repente, sin darme cuenta, mi tía y mis primos desaparecen, y me quedo sola entre el bosque y el mar con esta guagua en mis brazos.
En esta parte del sueño estoy como desdoblada y me veo desde muy arriba; tengo una vista en altura del bosque, el mar, el caminito de madera y de mí con la guagua en brazos.
Me desespero al darme cuenta que mi familia desapareció; miro para todos lados buscándolos, pero no los veo. Me siento atrapada en este caminito de madera, sin saber muy bien a donde ir; tampoco tengo demasiadas opciones, es hacia adelante o hacia atrás, porque a los lados tengo el mar y el bosque.
Camino hacia adelante. Por un buen rato el paisaje no cambia nada, a un lado el bosque y al otro el mar. No hay demasiada luz, los árboles del bosque son tan altos que tapan el sol.
Después de caminar un buen rato, veo una casa adelante y me apuro para llegar a ella; en esta parte del sueño se me quita lo desdoblada. Entro sin pedirle permiso a nadie y sin golpear la puerta siquiera. Adentro, en el living de esta casa, hay mucha gente, pero nadie conocido. Parece una fiesta o algo así, hay mucho ruido, música, mucha comida, se parece a una comida navideña; hay pavo, frutas, adornos por todos lados.
Trato de preguntarles a las personas que están ahí sí han visto a mi familia, pero nadie nota mi presencia, nadie me mira, nadie me habla. Recorro la casa, siempre con la guagua en mis brazos, buscándolos, pero el panorama es siempre el mismo, mucha gente, mucha comida, mucho ruido y nadie me escucha. Me doy cuenta que mi familia no está ahí y me voy.
Vuelvo al camino de madera y de nuevo me siento desdoblada; veo desde muy arriba el bosque, el mar, el caminito de madera y a mí con la guagua en brazos. Ya no siento ninguna angustia, ningún miedo. Mi familia desapareció, nadie va a ayudarme, pero yo tengo la certeza que voy a encontrarlos y que voy a estar bien.
Ya se está haciendo de noche y cada vez está más oscuro. No he parado de avanzar por el caminito de madera y de repente, muy a lo lejos, veo las luces de una ciudad. No sé si mi familia está ahí, pero me siento salvada.
Me voy corriendo hacia las luces con la guagua en brazos.
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02.06.09
Posted in General at 15:47 por Frau F
Estoy con mis amigas de la pega al parecer, en un auditórium de una gran empresa para ver una conferencia. El lugar está lleno de gente, todos sentados, conversando. Nosotras estamos instaladas en primera fila.
La conferencia está a punto de empezar; hay un hombre arreglando los micrófonos y las luces del escenario.
Estamos en eso cuando se acerca a mí una mujer; creo que podría ser mi jefa porque viene autoritaria a darme una orden. Me pide que de la bienvenida a todos los presentes y los invite a participar en esta actividad.
Me viene el pánico! Hablar delante de todas esas personas es lo peor que podría pasarme. Me pongo roja como un tomate y siento mis manos mojadas. No quiero hacerlo! le digo, y la mujer se aleja sin mirarme si quiera.
No alcanzo a pensar en nada y el hombre que estaba arreglando los micrófonos anuncia que se dará inicio a la conferencia con el saludo de la señora ¡Frau F!, no lo puedo creer.
Ya sin otra opción, me paro para subir al escenario y dar el saludo, y al hacerlo, veo mi reflejo en una ventana y horror ¡tengo barba!, ¡como puede ser!
Desesperada me devuelvo a mi asiento y le digo a una de mis amigas que no puedo hablar delante de la gente porque tengo barba. Ella me mira con cara de ¿qué estás hablando? y me dice que no tengo nada raro en la cara, que no tengo ni un solo pelo, y mucho menos barba.
Me calmo al escucharla y me paro de nuevo para ir al escenario, pero de nuevo me veo la barba! Es una barba corta pero muy tupida que me llega hasta el cuello. Miro a mi amiga desde donde estoy y le hago una seña para que vea que efectivamente tengo barba y otra vez ella me hace señas para que suba a hablar y me deje de decir tonteras.
Pero yo me veo la barba!
Siento una angustia gigante, me tiritan las rodillas y me cuesta caminar, pero sigo avanzando y me subo al escenario.
El auditórium completo me mira. Yo los miro también esperando alguna reacción por mi barba, pero nada. Nadie se ríe, nadie comenta nada. Digo dos palabras lo más rápido que puedo y bajo del escenario mientras la gente me aplaude, y vuelvo a verme en el reflejo de la ventana, pero ya no tengo barba.
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02.05.09
Posted in Pesadillas at 16:56 por hombreriega
Estoy con mi madre en mi habitación, las dos muy asustadas porque sabemos que hay un ratón. Yo estoy casi aterrorizada y evito mirar porque no quiero que se asome. De pronto, casi en una actitud suicida, el ratón se abalanza sobre nosotras. Mi madre grita y siento que es el minuto de hacer algo. Me armo de fuerzas, me agacho e intento atraparlo entre mis manos. No me resulta, pero él se tira sobre mi y yo alcanzo a tomarlo antes de que suba por mi cuerpo. Comienzo a estrujarlo, casi como amasando su cuerpo sobre mi brazo derecho y siento pánico… el ratón se vuelve a arrancar… sé que está ahí y pienso… “está sonado, no podrá arrancar de aquí”. Pese a esto tengo miedo de correr la cama porque me imagino que está ahí. Despierto muy asustada.
Recuerdo la sensación de sus pelos tiesos sobre mi piel y me vuelve a dar mucho “nervio”… es como cuando suena la tiza al pasar por una pizarra.
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02.04.09
Posted in General at 14:43 por Frau F
Estoy en la sala de estar de mi casa en la parcela; está mi mamá, mi papá y mi hermana. Estamos parados y todos tratan de convencerme de que vaya a un lugar al que no quiero ir. Yo tengo miedo de ir a ese lugar y llorando les pido que por favor me dejen quedarme.
La siguiente escena es en un auto camino a este lugar; supongo que me convencieron o me obligaron a ir. Vamos por una carretera desde la parcela hacia Santiago; reconozco el paisaje. Mi papá maneja, mi mamá va de copiloto, y mi hermana y yo vamos sentadas en los asientos de atrás. Yo no paro de llorar; estoy muy asustada.
Tengo miedo porque sé que en ese lugar tengo que hacer, o me van a hacer, algo doloroso. De alguna manera sé que tengo que ir, pero no quiero y me asusta.
Llegamos a la entrada de un edificio; estacionamos frente a él en una calle chica y sin mucho tránsito. Reconozco el lugar; es la consulta de mi psicólogo. Este es el lugar al que me da miedo ir.
Nos bajamos del auto y entramos al edificio; toda mi familia va conmigo. Entramos a la sala de espera de la consulta y aquí me encuentro con mi marido, algunos de mis tíos, primos y amigos. Todos ellos son pacientes del mismo psicólogo que yo y están esperando ser atendidos por él.
La atención es por “orden de llegada”; “nuestro” psicólogo entra y sale de la consulta y nos va llamando de a uno. A nadie parece llamarle la atención que todos estemos ahí, se ven tranquilos y relajados, como si fuera la cosa más normal del mundo. Comentan intrascendencias -ropa, cortes de pelo, kilos, clima, etc.-, leen revistas, tejen; todos están contentos, pero yo estoy confundida, nerviosa, incómoda con tanta “parentela” junta.
Como fui la última en llegar tengo que esperar que todos sean atendidos antes que yo; los veo entrar y salir tranquilamente, como quien va al dentista. La consulta tiene una enorme ventana que da a la sala de espera, por lo que todos podemos ver lo que pasa adentro, aunque no escuchamos las conversaciones.
Le toca ser atendido a mi marido; él se levanta para entrar a la consulta y me hace una seña como para decirme algo; me acerco para escucharlo, y en el oído, muy bajito, me pide que lo acompañe, me dice que quiere que entre con él. Yo no quiero hacerlo, me carga la idea y le digo que no.
La siguiente escena es en la consulta con mi marido y “nuestro” psicólogo; supongo, de nuevo, que me convencieron o me obligaron a entrar. Estamos los tres sentados en círculo, mirándonos, y hacemos unos rituales extraños, como religiosos. Hay poca luz, sólo unas velas iluminan el ambiente. Nos quedamos muy poco rato en la consulta y salimos; nos despedimos de todos los que quedan en la sala de espera y nos vamos juntos.
Todo parece tranquilo, todo parece normal, común y corriente.
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